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Hay lugares que son un regalo. Y los regalos se aceptan sin rechistar.

Más aún si te lo dan frente al océano, ante atardeceres de doble ancho. Era el 9 de septiembre de 2010. Abría Tobba en el Paseo Marítimo de Cádiz. Miles de amigos y conocidos, fieles y esporádicos, impiden desde entonces que se acueste, que se vaya, que pare, que cierre los ojos. Tú te quedas.Han pasado muchas cosas en este tiempo. Casi tantas como pasaron aquel último mes de verano. Tantas como han pasado siempre. Y las que vendrán. Qué lío de vida.

 Aquel año redondo ganamos el Mundial. El único.

Creíamos que nunca pasaría. Pasó. Irrumpieron las tabletas, las de mirar internet. Por primera vez, se hizo un transplante facial completo. Y nosotros con esta cara. Justin Bieber tenía todavía la disculpa de ser niño y recién llegado. Una mujer ganó por primera vez el Óscar a la mejor dirección. Mourinho apareció con su memorable personaje de ficción para crear adhesiones y odios enfermizos. En 2010 hasta vimos salir gente del infierno. Si las leyendas son como cuentan, el averno está bajo tierra y 33 mineros chilenos quedaron enterrados a 700 metros bajo el suelo. Apresados, conectados por un tubo con el exterior. Lo imprescindible para respirar, beber y vivir. Los sacaron pero fue un buen recordatorio. Lo que tenga que ser, que nos coja en el Tobba, bailando, viviendo, charlando. Hace seis años, cuando nacía el mejor bar contemporáneo de la ciudad viejísima, también vimos a gente hacer el camino contrario y entrar en el infierno. Por ejemplo, el Cádiz se iba a Segunda B. Otra b. Cada cual tiene sus demonios.

Como de algo hay que vivir, encontramos refugio en mirar de frente al mar. Uno en el que buscarnos o escondernos mientras llega Lucifer a recogernos.

Tobba se inauguró un 9 de septiembre de 2010.

Y desde entonces siempre tuvimos un lugar al que ir, al que escapar, en el que pedir rescate o secuestro, por caridad, a los ojos más bellos. En el que cubrirnos con la amistad, el mejor tejido que nunca existió, el más cálido y refrescante, el más resistente. Tobba es el sitio al que quieres ir cuando no puedes. A veces parece que no existe, cuando estás lejos y sueñas con la próxima escapada a Cádiz, cuando estás cerca y sueñas con huir tres calles más allá. Las mejores copas, la mejor atención en el mejor espacio sideral.

Si no vas a Tobba no pasa nada, claro.

Pero si vas puede pasar cualquier cosa y esa sensación se parece mucho a estar vivo. Su lema habla de luces y sombras, lights&shadows, la vida misma. Tiene el brillo y el reposo, el encuentro y la calma, la pasión y la pausa. Todo es premium a los dos lados de la barra, a los cuatro de cada mesa, arriba y abajo, en el reservado y en la sala. Las sonrisas son de primeras marcas, como las pequeñas mentiras que necesitamos para resistir y la verdad incontestable de las miradas. Todo exclusivo, nuevo, cada vez.

Con el mar enfrente y las olas subidas a la fachada blanca, con ese clima eléctrico, azul, esa noche postiza cuando el sol se ha largado. Todo aquí es personal e intransferible. Todos tenemos derecho a deslumbrar alguna vez. Y a que nos deslumbren. Todos tenemos derecho a un poco de sombra para refrescarnos, para curarnos y ocultarnos un rato.

Tobba es la mejor sombrilla de Cádiz.

Gigante y permanente. En el mejor tramo de la playa, que igual abriga en invierno que alivia en verano. La última caseta, la mejor alternativa a casita, los mejores daños de nuestra vida. Sólo han pasado seis. Un suspiro para los vivieron. Una ocasión para los que no. Quién querría perderse los 60 siguientes ahora que viene lo bueno. Esto ha sido un ensayo general y ha salido estupendamente. Todo anuncia que las sesiones serán un éxito. Hay una por persona, cada día. Empiezan justo cuando llegas.

¿Te vas a quedar ahí?

a Tobba, de un amigo.